Gustavo Adolfo Bécquer
(Sevilla, 1836-Madrid, 1870)
XXVII
Despierta,
tiemblo al mirarte;
dormida,
me atrevo a verte.
Por
eso, alma de mi alma,
yo
velo mientras tú duermes.
Despierta
ríes, y al reír tus labios
inquietos
me parecen
relámpagos
de grana que serpean
sobre
un cielo de nieve.
Dormida,
los extremos de tu boca
pliega
sonrisa leve,
suave
como el rastro luminoso
que
deja un sol que muere.
—¡Duerme!
Despierta
miras, y al mirar tus ojos
húmedos
resplandecen,
como
la onda azul en cuya cresta
chispeando
el sol hiere.
Al
través de tus párpados, dormida,
tranquilo
fulgor vierten,
cual
derrama de luz templado rayo
lámpara
transparente.
—¡Duerme!
Despierta
hablas, y al hablar, vibrantes
tus
palabras parecen
lluvia
de perlas que en dorada copa
se
derrama a torrentes.
Dormida,
en el murmullo de tu aliento
acompasado
y tenue,
escucho
yo un poema que mi alma
enamorada
entiende.
—¡Duerme!
Sobre
el corazón la mano
me
he puesto por qué no suene
su
latido y de la noche
turbe
la calma solemne.
De
tu balcón las persianas
cerré
ya por qué no entre
el
resplandor enojoso
de
la aurora y te despierte.
—¡Duerme!
Rima XXX
Asomaba
a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ?¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ?¿Por qué no lloré yo?
Rima XLIV
Como
en un libro abierto
leo
de tus pupilas en el fondo.
¿A
qué fingir el labio
risas
que se desmiente con los ojos?
¡Llora!
No te avergüences
de
confesar que me quisiste un poco.
¡Llora!
Nadie nos mira.
Ya
ves; yo soy hombre… y también lloro
Gustavo Adolfo Bécquer
(Sevilla, 1836-Madrid, 1870)
Este poeta español, uno
de los últimos representantes del Romanticismo del siglo XIX, cobró reconocimiento luego de su muerte cuando
vieron la luz muchas de sus obras. Un claro ejemplo fue su libro
"Rimas", que se perdió en 1868 y gracias a su memoria y las
publicaciones donde algunas ya habían aparecido, pudo reconstruir su obra más
famosa, que terminó lanzándose junto a sus "Leyendas" en 1871, a un
año de su desaparición física, como gesto de sus amigos para ayudar a su
familia.
(Gustavo Adolfo
Domínguez Bastida; Sevilla, 1836-Madrid, 1870) Poeta español. Hijo y hermano de
pintores, quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia
en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura.
En 1854 se trasladó a
Madrid, con la intención de hacer carrera literaria. Sin embargo, el éxito no
le sonrió; su ambicioso proyecto de escribir una Historia de los templos
de España fue un fracaso, y sólo consiguió publicar un tomo, años más tarde.
Para poder vivir hubo de dedicarse al periodismo y hacer adaptaciones de obras
de teatro extranjero, principalmente del francés, en colaboración con su amigo
Luis García Luna, adoptando ambos el seudónimo de «Adolfo García».
Durante una estancia en
Sevilla en 1858, estuvo nueve meses en cama a causa de una enfermedad;
probablemente se trataba de tuberculosis, aunque algunos biógrafos se decantan
por la sífilis. Durante la convalecencia, en la que fue cuidado por su hermano
Valeriano, publicó su primera leyenda, El caudillo de las manos rojas, y
conoció a Julia Espín, según críticos la musa de algunas de sus Rimas,
aunque se creyó e que se trataba de
Elisa Guillén, con quien el poeta habría mantenido relaciones hasta que ella lo
abandonó en 1860, y que habría inspirado las composiciones más amargas del
poeta.
La etapa más fructífera
de su carrera fue de 1861 a 1865, años en los que compuso la mayor parte de sus
Leyendas, escribió crónicas periodísticas y redactó las Cartas literarias
a una mujer, donde expone sus teorías sobre la poesía y el amor. Una temporada
que pasó en el monasterio de Viruela en 1864 le inspiró Cartas desde mi
celda, un conjunto de hermosas descripciones paisajísticas.
Se trasladó entonces a
Toledo con su hermano Valeriano, y allí acabó de reconstruir el manuscrito de
las Rimas, cuyo primer original había desaparecido cuando su casa fue
saqueada durante la revolución septembrina. De nuevo en Madrid, fue nombrado
director de la revista La Ilustración de Madrid, en la que también trabajó su
hermano como dibujante.
El fallecimiento de
éste, en septiembre de 1870, deprimió extraordinariamente al poeta, quien,
presintiendo su propia muerte, entregó a su amigo Narciso Campillo sus
originales para que se hiciese cargo de ellos tras su óbito, que ocurriría tres
meses después del de Valeriano.
La obra de Gustavo
Adolfo Bécquer
La inmensa fama
literaria de Bécquer se basa en sus Rimas, que iniciaron la corriente romántica
de poesía intimista inspirada en Heine y opuesta a la retórica y la ampulosidad
de los poetas románticos anteriores. Las Rimas, tal y como han llegado
hasta nosotros, suman un total de ochenta y seis composiciones. De ellas,
setenta y seis se publicaron por vez primera en 1871 a cargo de los amigos del
poeta, que introdujeron algunas correcciones en el texto, suprimieron algunos
poemas y alteraron el orden del manuscrito original (el llamado Libro
de los gorriones, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional de Madrid). Su
prosa destaca, al igual que su poesía, por la gran musicalidad y la sencillez
de la expresión, cargada de sensibilidad; siguiendo los pasos de Hoffmann y
Poe, sus leyendas recrean ambientes
fantásticos y envueltos en una atmósfera sobrenatural y misteriosa. Destacan
por ese ambiente de irrealidad, de misterio, situado siempre sobre un plano
real que deforma y desbarata. Así, en La Corza blanca, donde la
protagonista se transforma de noche en el citado animal; o en El monte de
las ánimas, en la que el mismo escenario de un paseo amoroso se transforma en
el campo del horror fantasmal y en la que el terror llega hasta la alcoba mejor
defendida y adornada; o, por fin, en Los ojos verdes y, sobre todo, El
rayo de luna, donde lo irreal, enfrentado a la realidad, hace optar a los
protagonistas por el sueño, por la locura en la que quieren vivir lo que la
realidad les niega. Son logradas las descripciones de ambientes: del barullo de
la entrada en la catedral en Maese Pérez, el organista, al silencio del
claustro en El rayo de luna, o las procesiones fantasmales de La
ajorca de oro y El Miserere.